Hace unos días visité la exposición conmemorativa de los 500 años de la muerte del genio de Bolduque en el Museo del Prado de Madrid. Una oportunidad única para ver el mayor número de obras del Maestro flamenco reunidas hasta la fecha, lo cual es de agradecer al Museo del Prado, y en especial a la comisaria de la exposición Pilar Silva.
Ahora bien, no puedo evitar poner el grito en el cielo por dos motivos:
El primero es ajeno al Museo del Prado, y es el nivel de masificación actual en cualquier evento "importante", consecuencia de la globalización, de los avances tecnológicos, del abaratamiento del transporte, etc. Por supuesto que en el caso que nos ocupa, tiene un lado positivo: (nos) permite a las masas -como diría el gran Ortega y Gasset- disfrutar de obras de arte que antaño solo estaban al alcance de unos pocos afortunados. Pero el reverso del asunto es que el ansiado placer se convierte en desazón al visitar una exposición abarrotada de público, entre el que conviven los espectadores respetuosos con los borregos ruidosos y maleducados. Y si a esto le sumamos mi segunda queja, la cual si que atañe al Prado en este caso (y a otros templos del arte), apaga y vámonos. Me refiero a la iluminación empleada: sorprende que a estas alturas, con los avances lumínicos existentes, y con los medios de que dispone una de las pinacotecas más importantes del mundo, se iluminen las obras con focos cenitales que provocan innumerables reflejos sobre la tabla o tela dificultando enormemente su visionado.
Entre la masa humana apretujada frente a cada tríptico y la desafortunada iluminación, en varias ocasiones estuve al punto de huir de allí despavorido, pero respiraba hondo y trataba de aguantar: "es una ocasión única ¡resiste o te arrepentirás!" me decía a mí mismo.
Lo mismo me sucedió hace poco en la exposición Caravaggio y los pintores del norte del Museo Thyssen-Bornemisza: hordas humanas apelotonadas frente a maravillosas obras terriblemente iluminadas.
Supongo que es el sino de estos frenéticos tiempos que nos ha tocado vivir.
Ahora que ya lo he soltado, comparto una brevísima joya interpretada en directo en el Festival Tibor Varga de Sión (Suiza)en 1998 por el grupo de música antigua Hespèrion XX, fundado en 1974 por el ínclito Jordi Savall. La pieza en cuestión es "Di, perra mora" extraída del Cancionero de Medinaceli de Pedro Guerrero (s. XVI).
Y por fin, pasemos al texto que nos ocupa en esta ocasión. Es mi traducción de una reseña sobre la exposición publicada en The Wall Street Journal, escrita por la profesora de Historia del Arte en el Trinity College de Hartford (Connecticut), Mary Tompkins Lewis.
Enlace a la reseña original en inglés
“El Bosco. Exposición del 5º
centenario”: Los monstruos y diablos de un pintor
La exposición de las obras de Hieronymus Bosch muestra su
originalidad, su destreza técnica como dibujante y pintor y su visión de la
iniquidad humana.
Es imposible no quedar cautivado ante la pintura del artista
holandés conocido como Hieronymus Bosch (1450-1516). En las alrededor de dos
docenas de tablas y trípticos que han sobrevivido hasta nuestros días y que la
mayoría de los eruditos atribuyen a su mano, su desbordada creatividad
iconográfica siempre se ha relacionado con la brujería, la alquimia, las sectas
heréticas, los proverbios holandeses, los bestiarios medievales y mucho más.
Aun así, somos incapaces de desentrañar el significado de los exuberantes
monstruos, quimeras, demonios y grotescas figuras híbridas que pueblan su
visionario universo. Dicho universo se puede admirar en “El Bosco. Exposición
del 5º centenario”, una magnífica muestra de casi todas sus pinturas, ocho
dibujos y un puñado de obras de artistas coetáneos y seguidores, organizada por
Pilar Silva, del Museo del Prado, para conmemorar el aniversario de la muerte
del pintor. Mientras que abundan las pruebas de su apabullante originalidad,
los dones del Bosco como dibujante y pintor son igualmente palpables.
Nacido en el seno de una familia de artistas en la
floreciente ciudad holandesa de Bolduque (´s-Hertogenbosch), Jheronimus (o
Joen) van Aken firmó sus obras con un apellido que indica su ciudad natal. A
pesar de que pasó la mayor parte de su vida allí, trabajando casi siempre a
solas, sus obras atrajeron a lejanos admiradores incluido el Emperador
Maximiliano I, de la casa de los Habsburgo, y su descendiente Felipe II, el
cual trajo muchas de sus obras a España.
La exposición está ingeniosamente estructurada en segmentos
temáticos a lo largo de un sinuoso recorrido. Serpenteando a la manera de los caminantes y peregrinos que deambulan entre la visión onírica y el mensaje profético del
Bosco, uno va descubriendo cuatro de sus magistrales trípticos rodeados de
bocetos y tablas que revelan cómo van tomando forma las visiones del pintor.
La esplendida conservación realizada por El Prado del
tríptico La adoración de los magos
(1494) que preside una sala dedicada a la infancia de Cristo, precedida de una
interpretación anterior del mismo tema, sugiere la génesis artística del Bosco
y la profundidad de su irrefrenable imaginación. La tabla central presenta a la
Virgen, el Niño y los tres reverenciales Reyes, mientras que los paneles
laterales muestran a donantes y santos patronos arrodillados. La equilibrada
composición, amplios paisajes, exquisito detalle y los monumentales y
elocuentes personajes como el exótico rey negro y su paje recuerdan a
anteriores maestros holandeses.
Y aquí el Bosco se revela a sí mismo. Desde el interior del
desmoronado establo de techo de paja –cuya miríada de texturas ya es una obra
magistral per se– asoma una figura de
rojo semblante comúnmente identificada como el Anticristo (o el cuarto mago). Su
perturbadora sonrisa, desnudo, mostrando sus blancos miembros, brillante
joyería y un picudo tocado de oro, no sugieren solemnidad, sino lo que será un
motivo recurrente en las pinturas del Bosco: la impertérrita dualidad del bien
y el mal. Otros detalles, como la lúgubre y fantasmal cara que observa a través
del muro de la derecha; el ominoso búho en el techo agarrando a su presa; o la
diminuta figura en la distancia, tirando de un caballo montado por un mono
(siendo el mono un símbolo de la lujuria) camino de un burdel (indicado por la
bandera), recalcan su reiterante visión pesimista del mundo y un mensaje
moralista y sombrío.
La disposición de los trípticos se centra en darnos una idea
de la impresionante recepción que tuvieron en su día. Instalados sobre
plataformas flotantes en el centro de cada sala, permiten admirar al detalle
tanto las tablas interiores como las exteriores. Habitualmente se mantenían
cerrados excepto en las festividades que celebraban y durante determinados
banquetes; al abrirlos, la transición de la grisalla exterior, sobria y
monocromática al desenfreno de color e imágenes del interior cortaba el
aliento. La catarsis de dicha transición se refleja en el tríptico más monumental
del Bosco: El jardín de las delicias
(1490-1500), un relato secular de la Creación, en un retablo que muchos
consideran la epítome del transgresivo y cautivador arte de El Bosco.
El sobrio exterior del tríptico muestra el tercer día de la Creación:
Un diminuto Padre Dios mira hacia abajo, a una tierra plana suspendida en una
esfera de cristal que flota en un vacío gris. Todavía no se ha creado la luz;
el color y el hombre aún no existen.
En el interior, una asombrosa metamorfosis en la que el
elenco de figuras evoluciona de izquierda a derecha, comenzando en el pacífico
Paraíso, en el que unos aún inocentes Adán y Eva aparecen junto a su creador
rodeados de exótica flora y fauna. El claustrofóbico panel central representa
un fecundo reino de una carnalidad tan extravagante que puede transformar al espectador en voyeur, como escribió el novelista Peter
Beagle. Y a la derecha, en el ardiente caos de un nocturno infierno, sádicos
engendros de una inventiva sin par (mi favorito: el grotesco demonio con cara
de pez acuclillado entre instrumentos musicales de tortura) arrancan de sus
víctimas los haberes de la crueldad humana. Asimismo, el mítico “Hombre-árbol”,
una figura compuesta, anticipada en un boceto previo, nos contempla en escorzo
desde el centro de la tabla con una impenetrable mirada y el torso en forma de
huevo roto, mostrando una escena de taberna en su interior, o quizás otro
burdel. Innumerables imágenes adicionales cuyos significados se tornaron opacos
con el paso del tiempo, todavía hoy nos dejan helados.
El heterodoxo ciclo que presenta El Bosco, centrado no en la
expulsión del Paraíso sino en los lujuriosos placeres de una imaginaria
humanidad prelapsaria, posteriormente castigada como consecuencia del Pecado Original,
transmuta la Creación y el Juicio Final para crear un nuevo género único. El
último tríptico de esta fascinante exposición plantea las más oscuras visiones
de El Bosco sobre la maldad humana con el virtuosismo del brillante genio.
* * *
Para cerrar, la versión a cuatro voces del "Di, perra mora" que escuchamos anteriormente.
* * *
ENGLISH TEXT
I was only a little runt the
first time I had before my lively eyes The
garden of earthly delights, when my grandfather, amateur painter and art
lover, would take me to visit museums around Madrid, back in the 80s.
A few days ago I visited the
5th centenary exhibition of the genius from s´Hertogenbosh at the
Museo del Prado in Madrid. A unique opportunity to see the greatest number of
works from the Dutch master gathered up to this day, something to thank the
Museo del Prado and specially Pilar Silva, the exhibition´s curator.
Having said that, I must hit
the roof for two different reasons:
The first one has nothing to
do with the Museo del Prado, it´s the actual overcrowding in any “important”
event as a consequence of globalization, technology, cheaper transport, etc. No
doubt that with the subject in question it has a positive side: It allows us,
the masses –as the great Ortega y Gasset would say- to enjoy works of art that
in the past were only available to a few fortunate ones. But the negative side
arises when the longed pleasure turns into a painful discomfort when one visits
an exhibition absolutely overcrowded, where respectful spectators coexist with
rude and impolite ones. If we add to this my second complaint, we might as well
call it a day. I´m talking about the lighting used: I´m surprised that with the
lighting technology available these days, and the funds one of the most important
art museums in the world has, they still use zenith lighting to illuminate the
paintings causing innumerable reflections that make it almost impossible to properly
view the canvases.
I must admit that I was
about to escape that place completely terrified, but I kept telling myself –Resist
or you´ll regret it!.
Something similar happened when
I visited the exhibition Caravaggio and
the painters of the North at the Museo Thyssen-Bornemisza: human hordes
crowded in front of marvelous works of art disgustingly illuminated.
I guess it´s the sign of the
times we´re living.
Now that I´ve got rid of all
that rage, I´d like to share a brief live jewel interpreted at the Festival Tibor Varga de Sión
(Switzerland) in 1998 by the antic music ensemble Hespèrion XX founded in 1974
by the illustrious Jordi Savall. It´s called “Di, perra mora” and it´s extracted from Pedro Guerrero´s Cancionero de Medinaceli (s. XVI).
And finally, let´s present
the text I´ve translated this time. It´s a review about the exhibition
published in the Wall Street Journal,
written by Mary Tompkins Lewis,
teacher of Art History at Trinity College, Hartford, Connecticut.
And to top the cake, the four voices version of "Di, perra mora"



