viernes, 31 de marzo de 2017

Noam Chomsky - Como adoctrinan a los jóvenes para obedecer

Noam Chomsky (Philadephia, 1928) es, sin lugar a dudas, una de las mentes vivas más preclaras e incisivas en lo que a análisis político se refiere. Hijo de inmigrantes judeo-ucranianos, estudió lingüística, filosofía y matemática. Sus aportaciones en el campo de la lingüística son revolucionarias, aunque es más conocido por su incesante actividad como activista político. 

Salvando las diferencias culturales, existe un vínculo entre Chomsky y España dado que su interés por la política se inicia a muy temprana edad, a raíz de visitar las librerías anarquistas de los libertarios españoles exiliados en Nueva York.

En el artículo que hoy traduzco, el profesor Chomsky describe como las políticas económicas están destrozando el sistema de educación pública estadounidense, y como en general los poderes fácticos se emplean en hacer de la educación una fábrica de borregos que no comprometan el sistema que han creado a su medida.


Desde mi punto de vista, la esencia del artículo reside en la utilización de la educación como herramienta para moldear y someter a la población a un sistema déspota. Un sistema que prefiere el pensamiento único al pensamiento crítico. Chomsky lo describe rotundamente en una frase: “Nunca fui consciente de cualquier otra opción que no fuera la de cuestionar todo”. 


Como adoctrinan a los jóvenes para obedecer
Noam Chomsky
Alternet, 1 de diciembre 2014

La educación pública está siendo atacada en todo el mundo y en respuesta, proliferan las protestas estudiantiles en Gran Bretaña, Canadá, Chile, Taiwan y alrededor del mundo.

California también es un campo de batalla. Los Angeles Times informa de otro capítulo en la campaña de destrucción del que un día fue el mejor sistema educativo público del mundo: “Funcionarios de la Universidad Estatal Californiana han anunciado planes para congelar la admisión en la mayoría de los campus”.

Similares políticas se están llevando a cabo a nivel nacional. “En la mayoría de estados”, informa The New York Times, “las tasas de matrícula y no las aportaciones del estado son las que cubren la mayor parte del presupuesto”, por lo que “la época de las carreras asequibles en las universidades públicas, altamente financiadas por el estado, podría estar llegando a su fin”.

Los community collegues se enfrentan a una perspectiva similar; un déficit que alcanza incluso a la educación primaria y secundaria.

“La creencia de que la educación superior beneficia a la nación se ha transformado en la creencia de que aquellos que reciben la educación son los primeros beneficiados, por lo cual son ellos los que deben correr con los costes”, concluye Ronald G. Ehrenberg, administrador del sistema universitario estatal de New York y director del Cornell Education Research Institute.

Una descripción más precisa es la de “Fallo de Diseño”, título de un estudio del Instituto de Políticas Económicas, el cual supone una fuente fiable de información acerca del estado de la economía.

El estudio del IPE analiza las consecuencias de la transformación económica sufrida hace una generación, que pasó de la producción nacional a la financiarización y deslocalización. Cuestión de diseño, aunque siempre existieron alternativas.

El laureado premio Nobel Joseph Stiglitz se refiere a lo que hay detrás de este “diseño” como la creencia de que “los mercados producen resultados eficientes”, lo cual ha recibido un tremendo revés con el colapso de la burbuja inmobiliaria, ignorada por los doctos en la materia y origen de la actual crisis financiera.

El estudio del IPE declara que el “Fallo de Diseño” está basado en las clases sociales. Para los diseñadores ha sido un éxito sin parangón, tal y como revela la extraordinaria concentración de riqueza para el 1% (de hecho para el 0.1%) mientras que para la mayoría se ha traducido en un virtual estancamiento y declive.

En resumidas cuentas, en cuanto tienen la oportunidad, los “Dueños del Mundo” llevan a término su “máxima de la vileza” del “todo para nosotros, nada para los demás”, tal y como explicó Adam Smith, padre de la economía moderna, mucho tiempo atrás.

La educación pública fue uno de los grandes logros de la sociedad americana, pero tenía muchas aristas: Uno de sus objetivos era el de convertir a agricultores independientes en trabajadores asalariados sumisos a su virtual esclavitud.

El elemento coercitivo no pasó por alto. Ralph Waldo Emerson (1803-1882) observó que los líderes políticos claman por una educación pública por miedo a que “El país se está llenando de miles, millones de votantes y hay que educarles para evitar que se nos lancen al cuello”. Pero claro, educarles correctamente, esto es: Limitando sus perspectivas y entendimiento, erradicando el pensamiento libre e independiente y educándoles para obedecer”.

Claro, que esto no es coser y cantar. La implementación de la “máxima de la vileza” siempre ha conllevado cierta resistencia, la cual se traduce en similares temores entre las élites. Hace cuarenta años ya había una gran preocupación porque la población se estaba liberando de la apatía y la obediencia.

En el extremo internacionalista liberal, la Comisión Trilateral –grupo de políticas no gubernamentales del cual surgió gran parte de la Administración Carter– lanzó severas advertencias en 1975 de que hay demasiada democracia, resultado en gran medida de los fallos de las instituciones responsables del “adoctrinamiento (lavado de cerebro) de los jóvenes”. Por otro lado, en 1971 Lewis Powell redactó un memorándum dirigido a la Cámara de Comercio norteamericana, principal lobby empresarial, en el que se lamentaba de que los radicales estaban tomando el control de todo –universidades, medios de comunicación, gobierno, etc.– y hacía una llamada al mundo empresarial a que utilizase sus poderes económicos para frenar la amenaza a nuestro preciado modo de vida –que él conocía sobradamente–. Como lobbyist (activista de un grupo de presión) de la industria tabacalera, estaba familiarizado con los entresijos del estado paternalista para los ricos que denominó “libre mercado”.

Desde entonces se han llevado a cabo numerosas medidas para restablecer la disciplina, una de ellas es la cruzada de la privatización, o lo que es lo mismo: reubicar el control en manos de agentes fiables.

Otra medida son los abusivos aumentos de las tasas educativas, que actualmente representan un 600% más que en 1980. El resultado es un sistema de educación superior con “una estratificación económica mucho más elevada que en otros países”, según Jane Wellman, actual directora del Delta Cost Project, que se encarga de analizar estas cuestiones. El aumento de las tasas atrapa a los estudiantes en eternas deudas y por tanto, los subordina al poder privado.

Desde el terreno económico se aportan justificaciones, pero son muy poco convincentes. En países menos ricos, como nuestro vecino México, las tasas educativas son gratuitas o mínimas. Algo que sucedía en los Estados Unidos cuando éramos un país mucho más pobre tras la 2ª Guerra Mundial y los estudiantes accedían a la universidad bajo la G.I. Bill (Acta de Reinserción de Veteranos de Guerra), factor clave para el crecimiento económico y también para la mejora de la calidad de vida de los ciudadanos.

Otro instrumento es la corporativización de las universidades, que ha supuesto un dramático aumento de los niveles de la administración, a menudo representados por profesionales en vez de por personal docente como antaño; y la imposición en el mundo empresarial del concepto de “eficiencia” como noción no solo económica, sino ideológica.
Para muestra un botón: las universidades estatales han decidido eliminar estudios de enfermería, ingeniería e informática porque resultan demasiado caros, cuando, según The New York Times, son profesiones altamente demandadas. Dicha decisión tiene un impacto negativo en la sociedad, pero resulta idónea para la ideología económica del beneficio a corto plazo sin miramientos por las consecuencias humanas, en línea con la “máxima de la vileza”.

Algunos de los efectos más traicioneros tienen un impacto directo en la docencia y seguimiento. El ideal educativo en la Ilustración presentaba un modelo que permitía a los estudiantes seguirlo a su manera, desarrollando su creatividad y fomentando el pensamiento independiente.

La alternativa –no deseable– supone echar agua en un barco, uno con muchas fugas, como hemos visto a través de la experiencia. Este abordaje educativo se basa en la enseñanza enfocada a aprobar exámenes y otros mecanismos que destruyen el interés de los estudiantes y pretende que encajen en un molde que permite mantenerlos controlados, algo que desgraciadamente, a todos nos suena.


Artículo original en inglés / Original article: How the young are indoctrinated to obey

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