Noam Chomsky (Philadephia, 1928) es, sin lugar a dudas,
una de las mentes vivas más preclaras e incisivas en lo que a análisis político
se refiere. Hijo de inmigrantes judeo-ucranianos, estudió lingüística,
filosofía y matemática. Sus aportaciones en el campo de la lingüística son
revolucionarias, aunque es más conocido por su incesante actividad como
activista político.
Salvando las diferencias culturales, existe un vínculo
entre Chomsky y España dado que su interés por la política se inicia a muy
temprana edad, a raíz de visitar las librerías anarquistas de los libertarios
españoles exiliados en Nueva York.
En el artículo que hoy traduzco, el profesor Chomsky
describe como las políticas económicas están destrozando el sistema de
educación pública estadounidense, y como en general los poderes fácticos se
emplean en hacer de la educación una fábrica de borregos que no comprometan el
sistema que han creado a su medida.
Desde mi punto de vista, la esencia del artículo reside
en la utilización de la educación como herramienta para moldear y someter a la
población a un sistema déspota. Un sistema que prefiere el pensamiento único al
pensamiento crítico. Chomsky lo describe rotundamente en una frase: “Nunca fui consciente de cualquier otra opción que no fuera la de
cuestionar todo”.
Como
adoctrinan a los jóvenes para obedecer
Noam
Chomsky
Alternet, 1 de diciembre 2014
La educación pública está siendo atacada en todo el mundo
y en respuesta, proliferan las protestas estudiantiles en Gran Bretaña, Canadá,
Chile, Taiwan y alrededor del mundo.
California también es un campo de batalla. Los Angeles Times informa de otro capítulo
en la campaña de destrucción del que un día fue el mejor sistema educativo
público del mundo: “Funcionarios de la Universidad Estatal Californiana han
anunciado planes para congelar la admisión en la mayoría de los campus”.
Similares políticas se están llevando a cabo a nivel
nacional. “En la mayoría de estados”, informa The New York Times, “las tasas de matrícula y no las aportaciones
del estado son las que cubren la mayor parte del presupuesto”, por lo que “la
época de las carreras asequibles en las universidades públicas, altamente
financiadas por el estado, podría estar llegando a su fin”.
Los community
collegues se enfrentan a una perspectiva similar; un déficit que alcanza
incluso a la educación primaria y secundaria.
“La creencia de que la educación superior beneficia a la
nación se ha transformado en la creencia de que aquellos que reciben la
educación son los primeros beneficiados, por lo cual son ellos los que deben
correr con los costes”, concluye Ronald G. Ehrenberg, administrador del sistema
universitario estatal de New York y director del Cornell Education Research Institute.
Una descripción más precisa es la de “Fallo de Diseño”,
título de un estudio del Instituto de Políticas Económicas, el cual supone una
fuente fiable de información acerca del estado de la economía.
El estudio del IPE analiza las consecuencias de la
transformación económica sufrida hace una generación, que pasó de la producción
nacional a la financiarización y deslocalización. Cuestión de diseño, aunque
siempre existieron alternativas.
El laureado premio Nobel Joseph Stiglitz se refiere a lo
que hay detrás de este “diseño” como la creencia de que “los mercados producen
resultados eficientes”, lo cual ha recibido un tremendo revés con el colapso de
la burbuja inmobiliaria, ignorada por los doctos en la materia y origen de la
actual crisis financiera.
El estudio del IPE declara que el “Fallo de Diseño” está
basado en las clases sociales. Para los diseñadores ha sido un éxito sin
parangón, tal y como revela la extraordinaria concentración de riqueza para el
1% (de hecho para el 0.1%) mientras que para la mayoría se ha traducido en un
virtual estancamiento y declive.
En resumidas cuentas, en cuanto tienen la oportunidad,
los “Dueños del Mundo” llevan a término su “máxima de la vileza” del “todo para
nosotros, nada para los demás”, tal y como explicó Adam Smith, padre de la
economía moderna, mucho tiempo atrás.
La educación pública fue uno de los grandes logros de la
sociedad americana, pero tenía muchas aristas: Uno de sus objetivos era el de
convertir a agricultores independientes en trabajadores asalariados sumisos a
su virtual esclavitud.
El elemento coercitivo no pasó por alto. Ralph Waldo
Emerson (1803-1882) observó que los líderes políticos claman por una educación
pública por miedo a que “El país se está llenando de miles, millones de
votantes y hay que educarles para evitar que se nos lancen al cuello”. Pero
claro, educarles correctamente, esto es: Limitando sus perspectivas y
entendimiento, erradicando el pensamiento libre e independiente y educándoles
para obedecer”.
Claro, que esto no es coser y cantar. La implementación
de la “máxima de la vileza” siempre ha conllevado cierta resistencia, la cual
se traduce en similares temores entre las élites. Hace cuarenta años ya había
una gran preocupación porque la población se estaba liberando de la apatía y la
obediencia.
En el extremo internacionalista liberal, la Comisión
Trilateral –grupo de políticas no gubernamentales del cual surgió gran parte de
la Administración Carter– lanzó severas advertencias en 1975 de que hay
demasiada democracia, resultado en gran medida de los fallos de las
instituciones responsables del “adoctrinamiento (lavado de cerebro) de los
jóvenes”. Por otro lado, en 1971 Lewis Powell redactó un memorándum dirigido a
la Cámara de Comercio norteamericana, principal lobby empresarial, en el que se
lamentaba de que los radicales estaban tomando el control de todo
–universidades, medios de comunicación, gobierno, etc.– y hacía una llamada al
mundo empresarial a que utilizase sus poderes económicos para frenar la amenaza
a nuestro preciado modo de vida –que él conocía sobradamente–. Como lobbyist (activista de un grupo de
presión) de la industria tabacalera, estaba familiarizado con los entresijos
del estado paternalista para los ricos que denominó “libre mercado”.
Desde entonces se han llevado a cabo numerosas medidas
para restablecer la disciplina, una de ellas es la cruzada de la privatización,
o lo que es lo mismo: reubicar el control en manos de agentes fiables.
Otra medida son los abusivos aumentos de las tasas
educativas, que actualmente representan un 600% más que en 1980. El resultado
es un sistema de educación superior con “una estratificación económica mucho
más elevada que en otros países”, según Jane Wellman, actual directora del Delta Cost Project, que se encarga de
analizar estas cuestiones. El aumento de las tasas atrapa a los estudiantes en
eternas deudas y por tanto, los subordina al poder privado.
Desde el terreno económico se aportan justificaciones,
pero son muy poco convincentes. En países menos ricos, como nuestro vecino
México, las tasas educativas son gratuitas o mínimas. Algo que sucedía en los
Estados Unidos cuando éramos un país mucho más pobre tras la 2ª Guerra Mundial
y los estudiantes accedían a la universidad bajo la G.I. Bill (Acta de Reinserción de Veteranos de Guerra), factor
clave para el crecimiento económico y también para la mejora de la calidad de
vida de los ciudadanos.
Otro instrumento es la corporativización de las
universidades, que ha supuesto un dramático aumento de los niveles de la
administración, a menudo representados por profesionales en vez de por personal
docente como antaño; y la imposición en el mundo empresarial del concepto de
“eficiencia” como noción no solo económica, sino ideológica.
Para muestra un botón: las universidades estatales han
decidido eliminar estudios de enfermería, ingeniería e informática porque
resultan demasiado caros, cuando, según The
New York Times, son profesiones altamente demandadas. Dicha decisión tiene
un impacto negativo en la sociedad, pero resulta idónea para la ideología
económica del beneficio a corto plazo sin miramientos por las consecuencias
humanas, en línea con la “máxima de la vileza”.
Algunos de los efectos más traicioneros tienen un impacto
directo en la docencia y seguimiento. El ideal educativo en la Ilustración
presentaba un modelo que permitía a los estudiantes seguirlo a su manera,
desarrollando su creatividad y fomentando el pensamiento independiente.
La alternativa –no deseable– supone echar agua en un
barco, uno con muchas fugas, como hemos visto a través de la experiencia. Este
abordaje educativo se basa en la enseñanza enfocada a aprobar exámenes y otros
mecanismos que destruyen el interés de los estudiantes y pretende que encajen
en un molde que permite mantenerlos controlados, algo que desgraciadamente, a todos nos suena.
Artículo original en inglés / Original article: How the young are indoctrinated to obey


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